Cara a cara
motos

Modesto y sincero
Jordi Inglés
En Nouakchott ya había estado. El año pasado, se había comido una pizza con el embajador de España y su secretaria antes de que lo repatriasen. Por culpa de una lesión en la pierna izquierda, no había podido seguir adelante. Este año, las que casi acabaron con su proyecto fueron las dunas. El sábado, alrededor del km 350, Jordi, mecánico en Santa Coloma de Gramanet, se cayó y quedó bloqueado debajo de la moto. "Estaba trabado y no me podía mover. Había un helicóptero dando vueltas, pero no podía aterrizar porque no había ninguna zona medianamente plana. Entonces me puse a gritar".
A veces, en el desierto, las soluciones más extrañas son las que mejor funcionan. Atascado con su moto en la duna contigua, Hattori Yasushi oyó los alaridos y llegó corriendo a ayudar a Jordi. "No se lo pude agradecer porque no hablábamos ninguna lengua en común, así que le di un abrazo."
Jordi es un motorista de formato modesto y de personalidad sincera. Esta en la prueba porque le gusta la moto, obviamente, pero también porque, poquito a poco, fue integrando a África en su sistema de valores. "El aspecto humano me fascina, nos cuenta. Cada vez que vengo, entiendo mejor a la gente y me vuelvo a encontrar con personas que conocí en otras ediciones." En la galería de retratos que acompaña sus aventuras africanas de competición o de entrenamiento, se halla por ejemplo una familia marroquí que le prestó agua y jabón mientras estaba reparando su máquina. También figura un habitante del desierto que, una vez, le indicó el camino correcto y se volvió a su casa sólo y de noche.
Jordi vive en las afueras de Barcelone con su esposa Sonia, peluquera. Están esperando un niño para mayo. Jordi, obviamente, es un piloto discreto de este Dakar. Está disputando el rally raid más grande del mundo en autonomía total. Le basta con su Honda XR 450 y su maleta. Su principal problema es que se quedó sin sus compañeros de vivaque, Amparo Ausina y su esposo José, así como Remigio Rovira, que tuvieron que abandonar. Pero este catalán sigue adelante, con su presupuesto de 20.000 euros, sin asistencia y con varias verdades muy suyas que nos expone claramente.
"Lo que me gusta de esta carrera es que, al fin y al cabo, somos todos iguales. Ayer, después de que me ayudara el japonés, me volví a atascar. Pero no muy lejos se encontraba Schlesser, sacando arena con una pala…" A nivel deportivo, este chaval se marca objetivos inferiores a la etapa.
"Muchos dicen que se toman la carrera etapa por etapa, pero yo no, ni siquiera eso. Sería demasiado. Cada CP por el que paso es una victoria. El siguiente se transforma en mi único objetivo. En realidad, corro el Dakar trozo por trozo", nos resume. Todos los días, Jordi llama a Sonia: "Era una de las condiciones para que pudiera participar". También tenía que afeitarse. "Eso me está costando bastante", nos dice, casi pidiendo disculpas, el 88° de la general motos, amigo desde hace poco del 83°, un tal Hattori Yasushi.
motos
En Nouakchott ya había estado. El año pasado, se había comido una pizza con el embajador de España y su secretaria antes de que lo repatriasen. Por culpa de una lesión en la pierna izquierda, no había podido seguir adelante. Este año, las que casi acabaron con su proyecto fueron las dunas. El sábado, alrededor del km 350, Jordi, mecánico en Santa Coloma de Gramanet, se cayó y quedó bloqueado debajo de la moto. "Estaba trabado y no me podía mover. Había un helicóptero dando vueltas, pero no podía aterrizar porque no había ninguna zona medianamente plana. Entonces me puse a gritar".
A veces, en el desierto, las soluciones más extrañas son las que mejor funcionan. Atascado con su moto en la duna contigua, Hattori Yasushi oyó los alaridos y llegó corriendo a ayudar a Jordi. "No se lo pude agradecer porque no hablábamos ninguna lengua en común, así que le di un abrazo."
Jordi es un motorista de formato modesto y de personalidad sincera. Esta en la prueba porque le gusta la moto, obviamente, pero también porque, poquito a poco, fue integrando a África en su sistema de valores. "El aspecto humano me fascina, nos cuenta. Cada vez que vengo, entiendo mejor a la gente y me vuelvo a encontrar con personas que conocí en otras ediciones." En la galería de retratos que acompaña sus aventuras africanas de competición o de entrenamiento, se halla por ejemplo una familia marroquí que le prestó agua y jabón mientras estaba reparando su máquina. También figura un habitante del desierto que, una vez, le indicó el camino correcto y se volvió a su casa sólo y de noche.
Jordi vive en las afueras de Barcelone con su esposa Sonia, peluquera. Están esperando un niño para mayo. Jordi, obviamente, es un piloto discreto de este Dakar. Está disputando el rally raid más grande del mundo en autonomía total. Le basta con su Honda XR 450 y su maleta. Su principal problema es que se quedó sin sus compañeros de vivaque, Amparo Ausina y su esposo José, así como Remigio Rovira, que tuvieron que abandonar. Pero este catalán sigue adelante, con su presupuesto de 20.000 euros, sin asistencia y con varias verdades muy suyas que nos expone claramente.
"Lo que me gusta de esta carrera es que, al fin y al cabo, somos todos iguales. Ayer, después de que me ayudara el japonés, me volví a atascar. Pero no muy lejos se encontraba Schlesser, sacando arena con una pala…" A nivel deportivo, este chaval se marca objetivos inferiores a la etapa.
"Muchos dicen que se toman la carrera etapa por etapa, pero yo no, ni siquiera eso. Sería demasiado. Cada CP por el que paso es una victoria. El siguiente se transforma en mi único objetivo. En realidad, corro el Dakar trozo por trozo", nos resume. Todos los días, Jordi llama a Sonia: "Era una de las condiciones para que pudiera participar". También tenía que afeitarse. "Eso me está costando bastante", nos dice, casi pidiendo disculpas, el 88° de la general motos, amigo desde hace poco del 83°, un tal Hattori Yasushi.

Más allá del dolor
Bruno Raymond (n°46)
Una sonrisa angélica que esconde una voluntad inquebrantable. A pesar del nivel extremo de agotamiento que siente, Bruno Raymond contesta amablemente a un canal de televisión. Después busca en su maleta una tienda y la despliega lentamente. Resulta difícil saber si logra saborear el placer de formar parte de los pocos supervivientes de las dunas mauritanas. Hoy se encuentra en el vivaque de Nouakchott, escenario de la jornada de descanso, y nos cuenta su segundo Dakar con un acento del sur de Francia.
"Tras veinte años de enduro, disfruté un montón en las dos especiales portuguesas", nos cuenta este piloto originario de Cahors. Pero el placer le duró poco, hasta la segunda etapa marroquí, donde empezaron los problemas: "Había muchísimo polvo a veces no se veía nada de nada. De repente, me tragué una piedra con la rueda trasera y la moto se levantó. Yo salí volando por los aires y caí en una zona llena de piedras. Creí que se me acababa la carrera. De hecho, tardé como cinco minutos para ponerme de pie". La voltereta le costó una fisura de una costilla y un aparatoso hematoma en la cadera. La moto estaba hecha pedazos, el salpicadero estaba doblado y el conector de gasolina estaba roto. Tras una hora de reparaciones, el piloto francés logró llegar al vivaque dentro del plazo reglamentario y compartió sus desventuras con uno de sus vecinos del departamento del Lot, David Frétigné. Con el piloto oficial Yamaha tuvo también la ocasión de rodar durante unos 20 km entre Zouerat y Atar. "Fue una casualidad, llegué tarde a la línea de partida porque a mi mecánico se le había trabado un flexible de gasolina. Fue un placer ver pasar a los favoritos españoles… Los ví rodar en la hierba de camellos, era increíble". Casi le permitieron olvidarse de sus dolores… Pero enseguida rememoró otros recuerdos.
Un año después de su primera experiencia en el Dakar, nos cuenta lo que vivió entre Zouerat y Tichit: "Rodé durante 19 horas consecutivas. Se me rompió una pieza del carburador y me hicieron falta cinco horas para reemplazarla. Después, la batería explotó cuando intenté arrancar. Y el motor caló a treinta kilómetros de la meta, a la madrugada… Tenía los músculos completamente rígidos". Así y todo, llegó al Lago Rosado en 66ª posición, una proeza que le generó sentimientos contradictorios: ’’Una felicidad inmensa, mucho alivio y también un hastío incomprensible. Durante tres meses, no tenía ganas de nada, estaba totalmente vacío. Creo que fue una depresión post-Dakar". Pero terminaron imponiéndose las ganas de volver a encontrarse con el desierto. Para volver a superar sus límites, algo que está por conseguir...
Una sonrisa angélica que esconde una voluntad inquebrantable. A pesar del nivel extremo de agotamiento que siente, Bruno Raymond contesta amablemente a un canal de televisión. Después busca en su maleta una tienda y la despliega lentamente. Resulta difícil saber si logra saborear el placer de formar parte de los pocos supervivientes de las dunas mauritanas. Hoy se encuentra en el vivaque de Nouakchott, escenario de la jornada de descanso, y nos cuenta su segundo Dakar con un acento del sur de Francia.
"Tras veinte años de enduro, disfruté un montón en las dos especiales portuguesas", nos cuenta este piloto originario de Cahors. Pero el placer le duró poco, hasta la segunda etapa marroquí, donde empezaron los problemas: "Había muchísimo polvo a veces no se veía nada de nada. De repente, me tragué una piedra con la rueda trasera y la moto se levantó. Yo salí volando por los aires y caí en una zona llena de piedras. Creí que se me acababa la carrera. De hecho, tardé como cinco minutos para ponerme de pie". La voltereta le costó una fisura de una costilla y un aparatoso hematoma en la cadera. La moto estaba hecha pedazos, el salpicadero estaba doblado y el conector de gasolina estaba roto. Tras una hora de reparaciones, el piloto francés logró llegar al vivaque dentro del plazo reglamentario y compartió sus desventuras con uno de sus vecinos del departamento del Lot, David Frétigné. Con el piloto oficial Yamaha tuvo también la ocasión de rodar durante unos 20 km entre Zouerat y Atar. "Fue una casualidad, llegué tarde a la línea de partida porque a mi mecánico se le había trabado un flexible de gasolina. Fue un placer ver pasar a los favoritos españoles… Los ví rodar en la hierba de camellos, era increíble". Casi le permitieron olvidarse de sus dolores… Pero enseguida rememoró otros recuerdos.
Un año después de su primera experiencia en el Dakar, nos cuenta lo que vivió entre Zouerat y Tichit: "Rodé durante 19 horas consecutivas. Se me rompió una pieza del carburador y me hicieron falta cinco horas para reemplazarla. Después, la batería explotó cuando intenté arrancar. Y el motor caló a treinta kilómetros de la meta, a la madrugada… Tenía los músculos completamente rígidos". Así y todo, llegó al Lago Rosado en 66ª posición, una proeza que le generó sentimientos contradictorios: ’’Una felicidad inmensa, mucho alivio y también un hastío incomprensible. Durante tres meses, no tenía ganas de nada, estaba totalmente vacío. Creo que fue una depresión post-Dakar". Pero terminaron imponiéndose las ganas de volver a encontrarse con el desierto. Para volver a superar sus límites, algo que está por conseguir...
