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etapa 7 - Viernes 6 de enero de 2006 | Zouérat > Atâr
  • Enlace  10 km
  • Especial 499 km
  • Enlace  12 km
  • Total  521 km
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Cara a cara

motos

Olivier, hombre duro y valiente donde los haya

Olivier Le Coq (n°126)

"No me puedo quejar". Esta respuesta resume el carácter de Olivier Le Coq, hombre duro donde los haya, miembro regular de la cofradía de la "malle motos", el parque de los motoristas sin asistencia, que congrega a muchos personajes fuera de lo común en el vivaque una vez entrada la noche. Este piloto de 44 años, de impresionante corpulencia, acaba de pasar una jornada para el olvido entre Uarzazate y Tan-Tan.

Unas horas antes, Olivier se cayó estrepitosamente entre el avituallamiento de gasolina y la meta de la especial, en una pista pedregosa inundada de polvo. ¿Qué pasó? "Al adelantarme un camión, perdí toda visibilidad, me metí en una zona de arena blanda y la moto se empezó a zarandear". Era su segunda caída de la jornada. Ahora tiene un hermoso hematoma en la pierna derecha que lo obliga a cojear y las rodillas quemadas por las rodilleras. Vamos, que Olivier es uno de los visitantes más asiduos de la tienda médica del vivaque…

En realidad, para este jefe de taller de un importador de Renault en Abidján, sólo se trata de un golpe más. Tras participar en la organización del Dakar en 1998 y 99, resolvió intentarlo en 2004. "Estaba tan cansado tras veinte horas de pilotaje que tenía alucinaciones en el desierto mauritano, nos dice. Entonces apoyé la moto contra una duna y me dormí a la intemperie. El día siguiente, salí con una asistencia rumbo a Dakar". El año pasado, Olivier se pegó un buen golpe en una duna, a proximidad de Zouerat y perdió el conocimiento hasta que vino a socorrerlo su amigo motorista de Dakar, Jean-Hugues Moneyron.

Hoy, tras dos abandonos consecutivos, Olivier Le Coq es el único corredor radicado en Costa de Marfil, una idea que no logra aceptar. Apoyado contra su máquina, de la cual se ocupa solo, sonríe ante nuestros proyectores y limpia sus dos amuletos, una cabeza de cocodrilo y un monito de madera. "Tengo que llegar a Dakar", afirma este apasionado que fue uno de los únicos franceses en quedarse en Costa de Marfil en noviembre de 2004, cuando se produjo un golpe de estado. Olivier, hombre duro y valiente donde los haya…
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Lo que está claro es que voy a seguir soñando…

Pascal Rigaudeau

Tan-Tan. 1:25 h de la madrugada. Pascal Rigaudeau llega al vivaque. Se saca el casco, cierra los ojos y se sienta como si le doliera todo el cuerpo. Un mecánico anónimo se le acerca y le pasa una toalla húmeda por la cara, manchada con tierra seca. "Tú, descansa, que yo me ocupo de la moto", le dice. Pascal contesta: "No puedo más… Esto es un infierno" Y se acuesta, lentamente, y se duerme. Serán sólo unos minutos, escasos minutos que no le devolverán las fuerzas que viene gastando desde hace varios días. Un cuarto de hora más tarde, Pascal se despierta y se acerca del mecánico que está trabajando en su moto. Se pone a tocar el motor, sopla sobre las bujías, limpia los filtros de aire… Minuciosamente, con la precisión de aquel que quiere llegar a meta, consciente de que tiene que preservar su material. A pesar del cansancio, nos cuenta. "Me caí hace tres días, entre Nador y Er Rachidia. Me hice un esguince de tobillo. Pero con las botas, me aguanto y puedo seguir adelante. En la especial de ayer, pinché al cabo de 150 km. Como no tenía nada para repararla, seguí camino. Los últimos 200 km, los hice con la llanta. Una vez que llegué a meta, llené el neumático de hierba de camellos para ir hasta el vivaque. Tardé 6 horas para recorrer los 300 km de enlace. Sabía que no era una carrera para gente delicada, pero no pensaba que fuera para tanto. Acabo de rodar durante veinte horas, dormí tres horas en dos días, me duelen los brazos horrorosamente, me duele todo el cuerpo. Es durísimo."

Así y todo, Pascal no tiene intención de abandonar. Sueña con el Dakar, con las dunas que se alejan hasta el horizonte, con el Lago Rosado y con esa famosa recta que recompensa a los que lograron alcanzar la meta. "Haré lo que puede para ir hasta Dakar. Sería una pena que me haya sacrificado tanto para nada." Porque, como muchos otros, Pascal revolvió Roma con Santiago para juntar el presupuesto necesario. Por eso, a pesar del cansancio, a pesar de las dudas y del desaliento, Pascal se niega a bajar los brazos. Entonces se vuelve hacia sus amigos los motoristas, los anónimos que, como él, día tras día, siguen exigiéndose más allá de sus límites. "Los motoristas nos ayudamos como podemos. Me siento bien con ellos. Me consuelan cuando estoy convencido que ya no puedo más."

Tan-Tan. 3:00 h de la madrugada. Pascal Rigaudeau se ajusta las botas. Sufre, pero se sube a la moto y se pone el casco. "Bueno, me tengo que ir. Me esperan para tomar la salida de la especial." Arranca, pone la primera y nos anuncia, como si fanfarroneara: "De cualquier manera, será Dakar o nada. Será Dakar cueste lo que cueste." Arrancó Pascal y se perdió en la oscuridad…

Zouerat. 19:30 h. Pascal sale de la tienda médica. "Mala noticia, nos dice, sonriendo para no llorar, me rompí la clavícula. Tengo que abandonar…" Se da vuelta y mira con nostalgia "la malle moto", sus compañeros de viaje. "Estoy destrozado moralmente, quería ir hasta Dakar. Me había dicho: ’el Dakar, lo haces una sola vez, pero lo terminas’. Y hoy me pegué un tremendo golpe, me caí como un tonto, por culpa de todos los problemas que tuve desde la largada. Pero bueno, ¿qué vamos a hacerle?". Pascal se sienta cerca de su maleta para guardar sus herramientas y sus botas. Esta noche, va a dormir en la tienda médica antes de tomar el avión para Francia. ¿Y Dakar? ¿Y el Lago Rosado? "No sé, suspira, ya veremos si puedo volver. Lo que está claro es que voy a seguir soñando…"