Cara a cara
motos

El Dakar es amistad
Pascal Schandelmayer y Stéphane Clair
Hay amistades que empiezan mal. Pascal y Stéphane se conocieron por casualidad, a la sombra de una acacia perdida en medio del desierto. Pascal habÃa apoyado la moto contra el árbol, se habÃa quedado sin gasolina entre Nuakchot y Kiffa. Entonces apareció Stéphane. HabrÃa podido pasar a varios kilómetros de ese árbol. Hasta habrÃa podido no detenerse. Pero Stéphane no es asÃ. Además de pararse, le propuso a Pascal la mitad de la gasolina que le quedaba.
Entonces decidieron encontrarse en el CP1 para llenar el tanque de vuelta. Stéphane salió primero mientras que Pascal verificaba el buen funcionamiento de su moto. Unos kilómetros más adelante, Stéphane se topó con un camión acostado entre dos dunas. Se paró, señaló el accidente, ayudó a los tres miembros del equipo a salir del camión y se fue rumbo al CP1. Allà lo estaba esperando Pascal, con una mirada que lo decÃa todo: "Aquà no hay gasolina. Hay que arreglárselas de otra manera. Parece que puede haber en un pueblo que se encuentra a unos kilómetros por esta pista". Asà empezaron los problemas. En el pueblo consiguieron veinte litros que no les permitÃan ir muy lejos. Entonces siguieron adelante por esa misma pista, esperando encontrar otra estación de servicio. Pero recorrieron 250 km y nada. Sólo quedaban dos alternativas para retomar el itinerario de la especial: volver al CP1 y correr el riesgo de quedarse sin combustible o dirigirse hacia la meta rogando para que no los desclasificaran por haber pasado por la carretera asfaltada. Los dos compinches optaron por la segunda solución, confiando en que los comisarios sabrÃan apreciar la generosidad de Stéphane. "No podÃa dejar a Pascal en medio del desierto, esto es el Dakar, nos cuenta Stéphane. Es uno de los valores de base de esta carrera. De cualquier manera, ya veremos qué nos dicen".
La dirección los autorizó para que tomaran la salida de Kiffa, pero luego fueron convocados en Kayes. Bastante pesimistas, Pascal y Stéphane se presentaron ante los comisarios. A las 20:30 h, les notificaron el veredicto, implacable. "No quisieron saber nada. Para ellos, pasamos por la carretera y no habÃa nada más que decir. Por más que el reglamento lo diga claramente, estoy destrozado… sobre todo por Stéphane, que no estaba obligado a ayudarme…" Pascal se sienta sobre su maleta, la mirada perdida en el horizonte… Stéphane trata de levantarle el ánimo. "No te preocupes, al darte la gasolina, hice lo que tenÃa que hacer". Pero Stéphane tampoco logra digerir la decisión. "Me duele no poder seguir adelante. HabÃamos pasado lo más duro… Pero hoy sé que tengo las agallas para terminar esta prueba".
Pascal, de Aubagne, y Stéphane, de Aix-en-Provence, llegarán a Dakar por la carretera con los vehÃculos de asistencia, lo cual les permitirá vivir parte de su sueño. Quizás al llegar al Lago Rosado empiecen a evacuar su desilusión. "Con esta historia obviamente perdimos algo, reconocen. Pero también ganamos algo que no tenÃamos previsto encontrar aquÃ…" Una amistad, que progresará cada fin de semana cuando salgan a recorrer los caminos de la Provenza. Esto también es el espÃritu del Dakar.
motos
Hay amistades que empiezan mal. Pascal y Stéphane se conocieron por casualidad, a la sombra de una acacia perdida en medio del desierto. Pascal habÃa apoyado la moto contra el árbol, se habÃa quedado sin gasolina entre Nuakchot y Kiffa. Entonces apareció Stéphane. HabrÃa podido pasar a varios kilómetros de ese árbol. Hasta habrÃa podido no detenerse. Pero Stéphane no es asÃ. Además de pararse, le propuso a Pascal la mitad de la gasolina que le quedaba.
Entonces decidieron encontrarse en el CP1 para llenar el tanque de vuelta. Stéphane salió primero mientras que Pascal verificaba el buen funcionamiento de su moto. Unos kilómetros más adelante, Stéphane se topó con un camión acostado entre dos dunas. Se paró, señaló el accidente, ayudó a los tres miembros del equipo a salir del camión y se fue rumbo al CP1. Allà lo estaba esperando Pascal, con una mirada que lo decÃa todo: "Aquà no hay gasolina. Hay que arreglárselas de otra manera. Parece que puede haber en un pueblo que se encuentra a unos kilómetros por esta pista". Asà empezaron los problemas. En el pueblo consiguieron veinte litros que no les permitÃan ir muy lejos. Entonces siguieron adelante por esa misma pista, esperando encontrar otra estación de servicio. Pero recorrieron 250 km y nada. Sólo quedaban dos alternativas para retomar el itinerario de la especial: volver al CP1 y correr el riesgo de quedarse sin combustible o dirigirse hacia la meta rogando para que no los desclasificaran por haber pasado por la carretera asfaltada. Los dos compinches optaron por la segunda solución, confiando en que los comisarios sabrÃan apreciar la generosidad de Stéphane. "No podÃa dejar a Pascal en medio del desierto, esto es el Dakar, nos cuenta Stéphane. Es uno de los valores de base de esta carrera. De cualquier manera, ya veremos qué nos dicen".
La dirección los autorizó para que tomaran la salida de Kiffa, pero luego fueron convocados en Kayes. Bastante pesimistas, Pascal y Stéphane se presentaron ante los comisarios. A las 20:30 h, les notificaron el veredicto, implacable. "No quisieron saber nada. Para ellos, pasamos por la carretera y no habÃa nada más que decir. Por más que el reglamento lo diga claramente, estoy destrozado… sobre todo por Stéphane, que no estaba obligado a ayudarme…" Pascal se sienta sobre su maleta, la mirada perdida en el horizonte… Stéphane trata de levantarle el ánimo. "No te preocupes, al darte la gasolina, hice lo que tenÃa que hacer". Pero Stéphane tampoco logra digerir la decisión. "Me duele no poder seguir adelante. HabÃamos pasado lo más duro… Pero hoy sé que tengo las agallas para terminar esta prueba".
Pascal, de Aubagne, y Stéphane, de Aix-en-Provence, llegarán a Dakar por la carretera con los vehÃculos de asistencia, lo cual les permitirá vivir parte de su sueño. Quizás al llegar al Lago Rosado empiecen a evacuar su desilusión. "Con esta historia obviamente perdimos algo, reconocen. Pero también ganamos algo que no tenÃamos previsto encontrar aquÃ…" Una amistad, que progresará cada fin de semana cuando salgan a recorrer los caminos de la Provenza. Esto también es el espÃritu del Dakar.

Ver el Lago Rosado cueste lo que cueste
Thierry Lamotte
Cojea, con las piernas desnudas, entre las maletas de las motos. Tiene una rodilla maltrecha, un hombro luxado y la moral por los suelos a raÃz de todos los problemas por los que pasó desde Uarzazate. Pero Thierry Lamotte llegará hasta al Lago Rosado, junto con su compañero Alain Hermet, otro de los que tanto sufrieron en este Dakar. Se lo prometió a su esposa y a sus cuatro hijos. Hace veinte años que viene soñando con el Dakar… En aquella época, Thierry competÃa con Gilles Algay y Richard Sainct en las competiciones nacionales de resistencia todo terreno. Recién se decidió cuando su colega protesista dental de Agen, Jérôme Laraignou, le propuso intentarlo. Novato en la disciplina del rally raid, Thierry apenas probó su KTM de enduro en noviembre en las pistas marroquÃes, para prepararse a lo que desde ahora llama "el infierno".
La noche cayó hace tiempo en el vivaque de Kayes, en MalÃ. Llegó el momento de las confidencias, y también el de la mecánica para un piloto como él, que corre sin asistencia. Thierry nos desvela primero la emoción que sintió al tomar la salida desde Lisboa: "Participar en el Dakar era para mà como participar en una aventura humana extraordinaria, que te permite superarte y descubrirte en situaciones extremas… En ese sentido tenÃa razón. El sufrimiento de los otros motoristas me hizo reflexionar". Su primer problema de pilotaje lo vivió en Uarzazate: se le bloqueó un pie en una piedra, la rodilla no aguantó y se lesionó los ligamentos cruzados. Dolorido, fÃsica y mentalmente, Thierry volvió a caerse más adelante, sobre la hierba de camellos, entre Zouerat y Atar. Terminó la etapa como pudo, con un hombro luxado. Esa noche, en el vivaque, Thierry se quedó un buen rato recostado sobre la moto. "No tengo ganas de volver el año que viene. Es demasiado duro. Và cuando el helicóptero se llevaba a Andy, me dejó muy asustado", nos dijo en el vivaque de Kiffa. Después, logró sobrevivir rodando "tranquilo", junto con su compinche Alain.
Dadas las condiciones, a Thierry le está costando disfrutar de la aventura. Pero se la aguanta. "Hice muchos sacrificios para estar aquÃ, asà es que no tengo pensado abandonar. No pararé hasta Dakar", nos dice, rabiosamente. Todas las noches, llama a su familia para tranquilizar a todo el mundo. Y también para que le den la fuerza de seguir adelante...
Cojea, con las piernas desnudas, entre las maletas de las motos. Tiene una rodilla maltrecha, un hombro luxado y la moral por los suelos a raÃz de todos los problemas por los que pasó desde Uarzazate. Pero Thierry Lamotte llegará hasta al Lago Rosado, junto con su compañero Alain Hermet, otro de los que tanto sufrieron en este Dakar. Se lo prometió a su esposa y a sus cuatro hijos. Hace veinte años que viene soñando con el Dakar… En aquella época, Thierry competÃa con Gilles Algay y Richard Sainct en las competiciones nacionales de resistencia todo terreno. Recién se decidió cuando su colega protesista dental de Agen, Jérôme Laraignou, le propuso intentarlo. Novato en la disciplina del rally raid, Thierry apenas probó su KTM de enduro en noviembre en las pistas marroquÃes, para prepararse a lo que desde ahora llama "el infierno".
La noche cayó hace tiempo en el vivaque de Kayes, en MalÃ. Llegó el momento de las confidencias, y también el de la mecánica para un piloto como él, que corre sin asistencia. Thierry nos desvela primero la emoción que sintió al tomar la salida desde Lisboa: "Participar en el Dakar era para mà como participar en una aventura humana extraordinaria, que te permite superarte y descubrirte en situaciones extremas… En ese sentido tenÃa razón. El sufrimiento de los otros motoristas me hizo reflexionar". Su primer problema de pilotaje lo vivió en Uarzazate: se le bloqueó un pie en una piedra, la rodilla no aguantó y se lesionó los ligamentos cruzados. Dolorido, fÃsica y mentalmente, Thierry volvió a caerse más adelante, sobre la hierba de camellos, entre Zouerat y Atar. Terminó la etapa como pudo, con un hombro luxado. Esa noche, en el vivaque, Thierry se quedó un buen rato recostado sobre la moto. "No tengo ganas de volver el año que viene. Es demasiado duro. Và cuando el helicóptero se llevaba a Andy, me dejó muy asustado", nos dijo en el vivaque de Kiffa. Después, logró sobrevivir rodando "tranquilo", junto con su compinche Alain.
Dadas las condiciones, a Thierry le está costando disfrutar de la aventura. Pero se la aguanta. "Hice muchos sacrificios para estar aquÃ, asà es que no tengo pensado abandonar. No pararé hasta Dakar", nos dice, rabiosamente. Todas las noches, llama a su familia para tranquilizar a todo el mundo. Y también para que le den la fuerza de seguir adelante...
