Cara a cara
motos

Los Bonjean, dos primos lejanos reunidos por el Dakar
La historia empieza al final del siglo 18, en un muelle, en algún lugar de Europa. El Señor Bonjean, farmacéutico de profesión, está por subirse a un buque. Se va para América, para Brasil precisamente. Varios siglos más adelante, Rémy, francés, y Bernardo, brasileño, ambos descendientes de aquel farmacéutico y apasionados de moto, se encuentran por casualidad en el rally más grande del mundo.
"Una mañana, recibà un mail de un tal Rémy Bonjean que me hablaba del Dakar, de motos y de un antepasado farmacéutico que llegó a Brasil hace 200 años para ponerse al servicio del Emperador. Primero creà que era un chiste, pero igual le seguà la corriente, por las dudas… Nos mantuvimos en contacto por mail durante varios meses, le pedà un par de consejos. Era un sentimiento medio extraño. CompartÃamos una pasión sin conocernos, sin habernos visto nunca, pero a medida que transcurrÃan las semanas, nuestra conversación parecÃa cada vez más natural", recuerda Bernardo.
Asà y todo, al llegar a Lisboa, Bernardo se sentÃa un poco perdido. "LlovÃa, hacÃa frÃo, estaba solo… No podÃa compartir mi entusiasmo con nadie, no podÃa desahogarme ni hablar de mi angustia. Entonces vino a verme Rémy. Me hizo bien que alguien viniera a hablar conmigo", reconoce el joven brasileño. El primer encuentro es sorprendente, tiene lugar en el parque de espera de las verificaciones técnicas. Los dos primos se hablan, de conocen, se sienten medio raros. Y prosiguen con sus preparativos.
Bernardo, joven trader de 28 años, maneja motos desde su infancia. "Mis padres tienen muchas tierras en una zona donde llueve mucho; para moverse no hay nada como la moto." Desde joven, siempre soñó con participar en el Dakar. "Es una carrera increÃble, puede compararse con la ascensión al Everest para los alpinistas o con el Vendée Globe para los navegadores. Yo siempre soñé con tomar la salida. Y ahora que estoy en camino, lo único que quiero es llegar a Dakar".
Por eso rueda a su ritmo, sin tomar riesgos, respetando sus posibilidades. "Tenemos la misma idea de la carrera, subraya Rémy. No sé si será algo de familia, pero ambos decidimos abordar el Dakar como una aventura y vivirlo con nuestros medios".
Todas las mañanas, antes de tomar la salida, Bernardo busca a su primo. Toman un café juntos, charlan sobre el programa del dÃa y prometen volver a verse en el vivaque. "No nos conocemos, pero en cuanto cruzo la meta, verifico si llegó Bernardo. Voy vigilando todas las motos que entran en el vivaque y me siento mejor cuando sé que llegó", nos cuenta Rémy. Por su lado, Bernardo no se preocupa por su primo mayor. El francés goza de la asistencia de un equipo que lo sigue y lo ayuda. Si su primito tiene algún problema, hará lo que pueda para ayudarlo. "Pero prefiero que no te pase nada", se rÃe Rémy. Entre ellos, nació una complicidad discreta y púdica, que seguramente seguirá creciendo etapa tras etapa, a medida que van acercándose de Dakar...
motos
"Una mañana, recibà un mail de un tal Rémy Bonjean que me hablaba del Dakar, de motos y de un antepasado farmacéutico que llegó a Brasil hace 200 años para ponerse al servicio del Emperador. Primero creà que era un chiste, pero igual le seguà la corriente, por las dudas… Nos mantuvimos en contacto por mail durante varios meses, le pedà un par de consejos. Era un sentimiento medio extraño. CompartÃamos una pasión sin conocernos, sin habernos visto nunca, pero a medida que transcurrÃan las semanas, nuestra conversación parecÃa cada vez más natural", recuerda Bernardo.
Asà y todo, al llegar a Lisboa, Bernardo se sentÃa un poco perdido. "LlovÃa, hacÃa frÃo, estaba solo… No podÃa compartir mi entusiasmo con nadie, no podÃa desahogarme ni hablar de mi angustia. Entonces vino a verme Rémy. Me hizo bien que alguien viniera a hablar conmigo", reconoce el joven brasileño. El primer encuentro es sorprendente, tiene lugar en el parque de espera de las verificaciones técnicas. Los dos primos se hablan, de conocen, se sienten medio raros. Y prosiguen con sus preparativos.
Bernardo, joven trader de 28 años, maneja motos desde su infancia. "Mis padres tienen muchas tierras en una zona donde llueve mucho; para moverse no hay nada como la moto." Desde joven, siempre soñó con participar en el Dakar. "Es una carrera increÃble, puede compararse con la ascensión al Everest para los alpinistas o con el Vendée Globe para los navegadores. Yo siempre soñé con tomar la salida. Y ahora que estoy en camino, lo único que quiero es llegar a Dakar".
Por eso rueda a su ritmo, sin tomar riesgos, respetando sus posibilidades. "Tenemos la misma idea de la carrera, subraya Rémy. No sé si será algo de familia, pero ambos decidimos abordar el Dakar como una aventura y vivirlo con nuestros medios".
Todas las mañanas, antes de tomar la salida, Bernardo busca a su primo. Toman un café juntos, charlan sobre el programa del dÃa y prometen volver a verse en el vivaque. "No nos conocemos, pero en cuanto cruzo la meta, verifico si llegó Bernardo. Voy vigilando todas las motos que entran en el vivaque y me siento mejor cuando sé que llegó", nos cuenta Rémy. Por su lado, Bernardo no se preocupa por su primo mayor. El francés goza de la asistencia de un equipo que lo sigue y lo ayuda. Si su primito tiene algún problema, hará lo que pueda para ayudarlo. "Pero prefiero que no te pase nada", se rÃe Rémy. Entre ellos, nació una complicidad discreta y púdica, que seguramente seguirá creciendo etapa tras etapa, a medida que van acercándose de Dakar...

El Dakar es como el buen vino
Clément Mengus
"Para hacer un buen vino, hay que hacerlo con el corazón. Es algo muy personal, muy auténtico, traduce el amor de una persona por la tierra y por su gente". Clément Mengus nos habla pausadamente. Se acuerda de su primer contacto con una moto y de esa pasión que fue aumentando poquito a poco, al ritmo de los enduros que disputaba cada semana. Un poco como la viña, que va creciendo al ritmo de las estaciones.
Clément no vive su Dakar, lo siente. "Tras las dos primeras etapas marroquÃes, estaba agotado. TenÃa frÃo, las etapas me parecÃan interminables… Fue durÃsimo. Pero cada vez que pasaba por un momento difÃcil, pensaba en la suerte que tenÃa de estar en la carrera y encontraba fuerzas para seguir adelante. Me acordaba de mis amigos que sueñan con poder hacer lo mismo que yo. Por eso no podÃa quejarme, no podÃa abandonar", reconoce Clément. Sin embargo, en el vivaque de Tan-Tan, Clément estuvo por dejarlo. "Pasé una jornada muy difÃcil. Y me pegué un buen susto. Me caà violentamente después de las dunas de Merzougha. La moto estaba destrozada, no querÃa arrancar. Los motoristas que venÃan conmigo habÃan seguido adelante porque pensaban que no iba a poder seguir. De repente me volvà loco, me puse a llorar, no podÃa soportar que la aventura se terminara por culpa de una caÃda tan tonta. Entonces desarmé la moto y busqué el problema. Al cabo de media hora, logré hacerla arrancar y retomé la carrera. Alcancé a mis compañeros y terminamos la etapa juntos". Pero por la noche, en el vivaque, Clément tenÃa ganas de hablar. "Llamé a mi novia. Pero caà con mis padres, que me dijeron que estaba ingresada y que tenÃa una infección pulmonar".
Otro golpe, distinto, pero igual de duro. Clément sufre y piensa en abandonar, quiere encontrarse a la vera de la que lo ayudó a montar el proyecto. "Luego conseguà hablar con ella y me dijo que tenÃa que seguir adelante". Porque esta historia, este rally, es como un buen vino. Hay que tomarse el tiempo de saborearlo para sentir toda su riqueza.
Clément resolvió seguir. Sufriendo, compartiendo sus penas y sus inquietudes con su padre, que lo acompaña en el rally, discretamente pero siempre a su disposición. Cada noche, Clément habla con su amada. Ella le lee los mensajes que llegan a su página internet, esas palabras sencillas y apasionadas que le envÃan los niños que aprenden a andar en moto con Clément cada verano. También hablan del futuro. "Después del Dakar, me queda otro sueño, nos dice. Yo soy viticultor, me gustarÃa comprar una propiedad y hacer mi propio vino en un campo en el que también se podrÃan organizar paseos en moto. Ya estuve viendo un par de parcelas que me interesan". Con apenas 24 años, Clément tiene toda la vida por delante para concretar sus proyectos...
"Para hacer un buen vino, hay que hacerlo con el corazón. Es algo muy personal, muy auténtico, traduce el amor de una persona por la tierra y por su gente". Clément Mengus nos habla pausadamente. Se acuerda de su primer contacto con una moto y de esa pasión que fue aumentando poquito a poco, al ritmo de los enduros que disputaba cada semana. Un poco como la viña, que va creciendo al ritmo de las estaciones.
Clément no vive su Dakar, lo siente. "Tras las dos primeras etapas marroquÃes, estaba agotado. TenÃa frÃo, las etapas me parecÃan interminables… Fue durÃsimo. Pero cada vez que pasaba por un momento difÃcil, pensaba en la suerte que tenÃa de estar en la carrera y encontraba fuerzas para seguir adelante. Me acordaba de mis amigos que sueñan con poder hacer lo mismo que yo. Por eso no podÃa quejarme, no podÃa abandonar", reconoce Clément. Sin embargo, en el vivaque de Tan-Tan, Clément estuvo por dejarlo. "Pasé una jornada muy difÃcil. Y me pegué un buen susto. Me caà violentamente después de las dunas de Merzougha. La moto estaba destrozada, no querÃa arrancar. Los motoristas que venÃan conmigo habÃan seguido adelante porque pensaban que no iba a poder seguir. De repente me volvà loco, me puse a llorar, no podÃa soportar que la aventura se terminara por culpa de una caÃda tan tonta. Entonces desarmé la moto y busqué el problema. Al cabo de media hora, logré hacerla arrancar y retomé la carrera. Alcancé a mis compañeros y terminamos la etapa juntos". Pero por la noche, en el vivaque, Clément tenÃa ganas de hablar. "Llamé a mi novia. Pero caà con mis padres, que me dijeron que estaba ingresada y que tenÃa una infección pulmonar".
Otro golpe, distinto, pero igual de duro. Clément sufre y piensa en abandonar, quiere encontrarse a la vera de la que lo ayudó a montar el proyecto. "Luego conseguà hablar con ella y me dijo que tenÃa que seguir adelante". Porque esta historia, este rally, es como un buen vino. Hay que tomarse el tiempo de saborearlo para sentir toda su riqueza.
Clément resolvió seguir. Sufriendo, compartiendo sus penas y sus inquietudes con su padre, que lo acompaña en el rally, discretamente pero siempre a su disposición. Cada noche, Clément habla con su amada. Ella le lee los mensajes que llegan a su página internet, esas palabras sencillas y apasionadas que le envÃan los niños que aprenden a andar en moto con Clément cada verano. También hablan del futuro. "Después del Dakar, me queda otro sueño, nos dice. Yo soy viticultor, me gustarÃa comprar una propiedad y hacer mi propio vino en un campo en el que también se podrÃan organizar paseos en moto. Ya estuve viendo un par de parcelas que me interesan". Con apenas 24 años, Clément tiene toda la vida por delante para concretar sus proyectos...
