etapa 1 - Sábado 6 de enero de 2007 | Lisboa - Portimão
- Enlace 115 km
- Especial 117 km
- Enlace 232 km
- Total 464 km
Retratos
Francisco Arredondo:

Sin alardes ni aspavientos, Francisco está siempre dispuesto a contarnos su vida y a hablar de su país y su pasión por el deporte. Con su rostro redondo y la jovialidad por pasaporte, este joven guatemalteco de 29 años también ha decidido venir cada mes de enero a sufrir al Dakar. El año pasado terminó 58°, pero consiguió, por vez primera en sus tres participaciones, ver Dakar y su Lago Rosado. Francisco estuvo a la altura, acabando su misión y yendo hasta el final de su sueño. El hecho de competir como único representante de Centroamérica supone ciertas responsabilidades. Este año, hasta lleva una pegatina turística. "No es un sponsor, explica. Estoy muy satisfecho de ayudar a la promoción de Centroamérica". Y es que Francisco es así, generoso y optimista. Llegada la hora de afrontar su 4° Dakar, sólo tiene una frase en la boca "Todo bien".
Pero no todo ha sido fácil. "El pasado 8 de diciembre, tuve que dejar de trabajar, no podía llevarlo todo a la vez". Francisco Arredondo dirige una empresa de productos alimentarios, Bremen, y también el Municipal, el equipo de fútbol campeón de Guatemala en 2005. Una actividad desbordante que no le ha dejado mucho tiempo para prepararse para el Dakar. Para colmo, hasta las Navidades se han visto perturbadas. "No he podido disfrutar de las fiestas, el Dakar se me echaba encima". Y es que el Dakar es capaz de hacerle olvidar cualquier rito social, algo paradójico, ya que el rally raid africano comenzó para él un día comiendo en casa. Tenía sólo 12 años, cuando, escuchando las conversaciones de los mayores, un día su padre recibió la visita de un compañero, un médico argentino llamado Carlos Romero, en su casa de Ciudad de Guatemala. Su historia le resultó increíble al pequeño Franny. Aquel hombre había participado en una carrera de coches a través de África. ¡Como quien dice en la luna! Dieciséis años más tarde, Francisco sigue subyugado por aquella revelación.
Dominique Brié:

¿Qué motivaciones puede tener un farmacéutico y padre de familia de la ciudad francesa de Valenciennes para irse a empujar una moto de 200 kilos a las dunas africanas? No muchas, pero, para un enamorado de las dos ruedas como este, los argumentos son poderosos. Por un lado, la pasión por el Dakar, y por otro, la amistad. Y es que hasta hace dos años, Dominique Brié no había tocado una moto todoterreno en su vida. Su carnet de moto no le servía más que para algunas salidas en carretera. Para el farmacéutico acomodado, el Dakar no era más que un sueño de juventud, o más bien una carrera de alto nivel inaccesible para el común de los mortales. Pero un día se cruzó con Régis Blanckaert, uno de los fundadores del Ch’ti Team y uno de los habituales del evento. Como para muchos otros aficionados, este encuentro le hizo darse cuenta de que era capaz de llegar hasta el final. "Régis me convenció para lanzarme. Antes de conocerle, yo pensaba que los motoristas del Dakar debían ser unos tipos algo descerebrados para aventurarse en aquello", recuerda Dominique.
Régis Blanckaert, concesionario de motos del Norte de Francia, le dio al farmacéutico el empujón definitivo. Así, tras tres meses de entrenamiento en enduros y conseguir terminare un Shamrock, Dominique Brié decide inscribirse en el Dakar 2006, pero a cuatro semanas de la salida, un esguince de tobillo le priva de la carrera. Este año, Brié se ha puesto a punto tomando clases de navegación con un amigo piloto y, tras haber coincidido con Luc Alphand en el avión que les llevaba a Marruecos, el de Valenciennes espera con impaciencia el comienzo de su sueño. "¡El Dakar es lo máximo!" Más allá de esto sólo queda la luna, pero eso no va a poder ser". El espacio no forma parte del programa, pero, después de todo, entre Valenciennes y Dakar hay kilómetros y obstáculos suficientes para hacer un viaje más que excitante.
Antoine Lecomte:

A la hora de las comprobaciones técnicas, el corazón de un novato vibra a menudo más fuerte que el retrovisor de una moto pasando por los pedruscos de Marruecos. Sus ojos brillan más que el cromo de un tubo de escape. Generalmente, la mezcla stress-excitación-felicidad-impaciencia, ese cocktail sorprendente de proporciones inciertas, ejerce sobre los nuevos un poderoso efecto a falta de unas decenas de horas para la salida. Antoine Lecomte vive en este momento bajo el embrujo de ese efecto. El piloto ha ganado su primera apuesta: convencer a su familia de que le deje irse al rally. "¡No podía irse al Dakar, estaba escrito en nuestro contrato de boda!", protesta su mujer, con los ojos fijos en la rutilante 660 KTM. Pero ahí no queda eso, Antoine Lecomte ha conseguido que toda la familia le acompañe a Lisboa. Sus cuatro hijos se arremolinan alrededor de la moto, como abejas en torno a un panal.
La señora Lecomte explica las razones que la han llevado a reconsiderar su posición, o cómo el gran corazón de la mujer de un apasionado ha sido más fuerte que sus propias preocupaciones: "Se estaba haciendo mayor, y me di cuenta de que si no le dejaba hacer el Dakar, se quedaría con la frustración para el resto de su vida". Se le ilumina la cara, le brillan los ojos... sólo falta que pongan música romántica por los altavoces. Unos minutos antes de las comprobaciones técnicas, los dos hijos mayores, Baptiste y Vianney, cuidan la mecánica. Unos metros más allá, sus dos hermanas, con los ojos como platos, disfrutan del ambiente. Aude, de 17 años, con la mano en el hombro de su padre, le murmura con aire de broma: "Tranquilo… Tranquilo". Es fácil decirlo. Pero qué más da, su felicidad es contagiosa: "Estoy muy contenta por él, -dice Aude separándose momentáneamente de la moto-, hace tanto tiempo que habla de esto… Todos sabemos hasta qué punto es importante para él... ¡Menos mal que mamá ha terminado por ceder"!
Pero nadie es ajeno a lo que significa una primera participación. Probar el Dakar es, ante todo, correr el riesgo de la adicción. Además, en la familia, algunos saltan ya de impaciencia. Baptiste y Vianney, los dos varones, también sueñan con vivir la aventura un día. Aude, la mayor, se imagina ocupando el asiento del copiloto del coche de su padre. La señora Lecomte va a tener que dar algún que otro permiso más.
Joseph Rosso (FRA):

Es una sensación confusa, pero el reloj biológico avisa a este enamorado del desierto. Pasaban los años, pero Joseph Rosso quería descubrir el Dakar, vivir la prueba reina de los rallies, al menos una vez antes de colgar las botas. "A mi edad, debía darme prisa", dice. Pero una pasión, por mucho que se intente ignorar, siempre acaba volviendo con más fuerza. "Si consigo terminar el rally, seguramente me darán ganas de continuar". El hombre es así, incorregiblemente activo. Si Rosso insiste en sus 62 años, es para probar que la edad no merma en modo alguno la pasión. Joseph Rosso es un aventurero lustrado por el continente africano. Rosso ha fundado empresas en los Emiratos Árabes, donde reside, y también en Italia, pero lo que le ha curtido es sobre todo el haber vivido en Costa de Marfil, Guinea y Camerún. "Yo soy un hombre de selva", afirma presumiendo de su africanismo. El desierto lo vive como quien se pasea por su casa. "La arena está en todas partes". Está claro que, viviendo en Dubai, será la menor de las preocupaciones.
Ni Joseph ni su hijo Laurent se sienten especialmente estresados ante su primer Dakar. Curtidos ambos en pruebas en las que la arena juega un papel preponderante (los dos han ganado ya el rally de Dubai en categoría T2), los Rosso acuden al rey de los rallies raid con el objetivo de terminarlo y "vivir la aventura". A pesar de todo, dos problemas preocupan un poco al padre. "Hemos alquilado un Mercedes en rally raid Concept para el Dakar. Es un coche un poco antiguo que no tiene nada que ver con los Nissan Path Finder a los que estamos acostumbrados…" Y aparte de eso, está el reparto de tareas. ¿Cómo hacer cuando los dos, padre e hijo, se mueren por ponerse al volante? "Como los dos somos pésimos navegadores, hemos decidido que Laurent conduzca también, pero solamente en los enlaces". Desde luego, Joseph Rosso no está en absoluto por la labor de colgar las botas.